Los caminos son sucesiones de cruces
La identidad se encuentra lejos de aquella categoría del presente que gustamos llamar cotidianidad. Amarrada durante mucho tiempo al pasado, denso sentido de la mismiedad sedimentado durante largas historias y reflexiones, se desdibujó de repente ante el acoso brutal de la modernidad, cuya única tradición, como diría Octavio Paz, es la tradición de la innovación. Pero sería apresurado levantar el dedo acusatorio, casi tanto como olvidar los legados de la memoria. Lo que si es conveniente señalar, y con una sonrisa, es que el desencajamiento que produce la modernidad también la ha afectado íntimamente. Escepticismo, desilusión, o simplemente la desmitificación de la desmitificación (frase fetiche de las clases de estética contemporánea del profesor De Zubiría), el estado de ánimo se ha tornado posmoderno. No una condición posterior, sino una conciencia que se completa.
Pero el destierro de la identidad del pasado no la ha aproximado al presente. Herrabunda, la identidad se ha adentrado en el futuro e irradia desde ahí su llamado. Paradoja: Ya no sabemos quienes somos, perdida está la certeza de una historia y pertenencia indiscutibles. Sabemos de un querer ser, de un seremos en constante juego de completarse, de tomar nuevos rumbos. La identidad, de súbito, adquiere propiedades hipertextuales: el acto de leer y circular los discursos de pertenencia, es al mismo tiempo un acto de escritura, por que las lecturas son múltiples y polivalentes.
El presente, a su vez, se enriquece. Una movilidad, una plasticidad, liberan al hacer diario de la carga de lo indiscutible y posibilitan una dimensión crítica hasta ahora inédita. Sería ingenuo olvidar que todo movimiento de la historia es tan bello como nefasto, según la vocación ética de sus actores; aclaración que nos ilumina en más de un sentido, porque el espacio de discusión también puede ser adoptado por los mecanismos de poder, y la curiosidad puede ser reemplazada por aterrador conformismo. La contradicción, la naturaleza de múltiples opuestos explica en gran parte que la posmodernidad sea la otra faz de la modernidad, la ausencia de certezas una esperanza y/o la esperanza un bastión posible de la alienación.
No estamos ante una encrucijada, en razón de no haber caminos rectos después de éste cruce. Adelante, el cruce es la materia que compone todo camino. Y de este bricolaje surgirán identidades mosaicas, relevantes mientras sean significativas, evocadoras, y no como imposiciones de un consenso asimétrico sobre lo verdadero y lo supuestamente universal. Hay en ello una aspiración de libertad. Liberación del recalentado conflicto entre igualdad y diferencia, de las obligaciones hacia un pasado que nos exige separarnos del otro por ser distinto, de los malestares hacia un futuro que nos exigía igualdades de carne de cañón. Libertad en pro de una actitud proyectual hacia el ser, que nos describa la libertad con preguntas encantadores, y no con himnos o estadísticas demográficas (...)
Jueves, 18 de Febrero de 1999 02:24:02 p.m.

David de los Reyes. Bogotá, Colombia. Diseñador Industrial en acto rabioso de apostasía del apellido. Se embadurnó de mercadeo, se negó a aprender modelado 3d, le asquean los tornillos, y considera que la ergonomía es el refugio de los mediocres, (a pesar de sus méritos como disciplina no proyectual). Estudia una maestría en gestión del desarrollo como coartada para indagar que diablos hace el diseño en un país que elije su historia soñando y la lleva a la práctica a tiros. Se interesa por la innovación desfetichizadamente, la estética descosmetizadamente, el desarrollo sin tener que pensar en subdesarrollo, la investigación cualitativa del comportamiento de las personas mediado por la cultura material, los procesos de creación y los cortocircuitos. Picapleitos intelectual, cobarde en los supermercados, las colas y la danza, kamikaze con sus pares. Maleduca a quien se deje, y malcría una generación que no tiene remedio, por fortuna.